La nueva vida en los barrios cerrados

Los vecinos comenzaron a relacionarse más y las actividades al aire libre son la excusa perfecta para generar un espacio social. Los coronavecinos son los que llegaron con la pandemia y la demanda para alquilar en el verde no se detiene. Personas de distintas edades se animan al kayak en los barrios que cuentan con lagunas. Los vecinos organizan cabalgatas y suman personas que no viven en el barrio

De un día para el otro, la vida en los barrios cerrados vivió su propia metamorfosis: los vecinos que se ignoraban empezaron a conocerse, las motos de delivery se sumaron a la postal del verde, los grupos de WhatsApp se multiplicaron y la calle se convirtió en un espacio de encuentro. Además, la solidaridad entre vecinos se potenció como nunca. “En un paseo en bici o una salida a caminar podés resolver problemas de logística, conseguir referencias de un médico, enterarte de los lugares con mejores ofertas o incluso definir tu próximo emprendimiento”, relata María, del barrio Laguna del Sol.

La necesidad de vivir aislado para evitar el contagio de Covid-19 cambió todas las costumbres. Vivir en el verde se volvió aspiracional y práctico a la vez. Muchos vecinos que habitualmente alquilaban su casa en enero para pagar sus vacaciones en el exterior se quedaron en el hogar. Otros se hospedaron en forma temporaria en lugares menos confortables o prestados ante un panorama de contratos de alquiler que se cierran en dólares.

En este contexto, las situaciones de la vida diaria dentro de los emprendimientos se convirtieron en un placebo y en una sitcom al mismo tiempo. La franja horaria entre las 18 y las 20 es el prime time de las actividades al aire libre: las calles se pueblan de mamás con cochecitos, chicos y grandes en monopatines, gente rolleando, personas de toda edad en bici, haciendo running o simplemente caminando. Inclusive es posible cruzarse con gente meditando, algo que no sucedía antes de la pandemia.

El turno de la mañana es otro de los horarios predilectos para ejercitar por los vecinos madrugadores, la minoría. “Los horarios se desdibujaron, hoy podés encontrar las canchas de tenis ocupadas en horarios que en tiempos de prepandemia siempre estaban vacías, como por ejemplo al mediodía”, comenta Pablo, vecino del barrio Santa Bárbara. Es que la costumbre de hacer un corte en cualquier momento del día es parte de la rutina del home office.

Nuevos vínculos y códigos

Los viajes en bicicleta se convirtieron en el momento adecuado para hacer catarsis con los vecinos o para intercambiar ideas y vivencias. El club house, con protocolos y la obligación del uso del barbijo, perdió adeptos.

Los grupos de chats arden y se multiplican al ritmo en el que crecen las nuevas necesidades. A los tradicionales grupos de todos los vecinos se sumaron los de ventas de productos usados, los de mascotas y los de deportistas. “La gente vive más en comunidad, está más atenta al otro, el pasaje de datos es continuo”, describe Florencia, propietaria de una casa en Tortugas, quien resalta la colaboración que se generó también con los nuevos, los que se instalaron en cuarentena: los coronavecinos. “Te preguntan desde dónde cortarse el pelo hasta cuál es la mejor verdulería de la zona”, cuenta.

Quienes viven en un emprendimiento cerrado coinciden en que se dan situaciones de apoyo impensadas hace meses atrás. En los celulares se encuentran mensajes como “Si necesitás ese libro te lo alcanzo” o “No vayas al bicicletero que mi marido te la arregla”.

Las actividades náuticas se impusieron en el paisaje: el kayak es la estrella y es habitual ver las lagunas invadidas por deportistas de todas las edades.

Remodelaciones y nuevas adquisiciones en el hogar

En el invierno hubo un récord de construcción de piletas en aquellas propiedades que no tenían. Las huertas ganaron un espacio inédito y los fogoneros empezaron a formar parte del espacio exterior. “La gente valora más la vida al aire libre”, reconoce Gonzalo Urdapilleta, director de Teresa Urdapilleta, la inmobiliaria que comercializa emprendimientos premium de zona norte, quien reconoce que hay un “colapso” en el mercado de los alquileres.

Sus colegas inmobiliarios admiten que hay casos en los que los precios se definen al estilo de remate. “Uno pone un precio y la demanda te va redoblando la apuesta. Hubo casos en los que se superó un 100 por ciento la tasación inicial”, relata un referente del mercado inmobiliario. En números, una casa ubicada en el barrio Las Liebres que el año pasado se alquilaba a $ 150.000 por mes (alrededor de US$ 1200), este año se rentó por US$ 3000. Incluso, hay casos de contratos anuales de US$ 35.000 que se abonan por adelantado. Y una tendencia de estos días es que los inquilinos instalados por el verano buscan la forma de extender sus estadías.

La necesidad del contacto con la naturaleza también movió el mercado de ventas de casas. A diferencia de los departamentos ubicados en la ciudad de Buenos Aires, que bajaron sus precios casi un 20% en el último año, las construcciones en el verde defienden sus valores. En lotes, en cambio, la oferta es menor. “Quedan pocos y la gente los busca porque quiere construir ya”, indica Urdapilleta. El furor por la demanda de un producto escaso como son los lotes en los barrios cerrados generó que se concretaran operaciones por US$ 1000 por el metro cuadrado de un terreno.

Martín Boquete, director de Toribio Achaval, detalla que los que más se mueven son los lotes de hasta US$ 30.000 y luego los más top: de entre US$ 60.000 y US$ 100.000. Iván Achaval, presidente de Achaval Cornejo, inmobiliaria oficial de Nordelta, afirma que vendió prácticamente todos los lotes de Virazón -barrio al lago central- y que se siguen vendiendo, de manera constante, los lotes del último barrio lanzado llamado Carpinchos. “La pandemia hizo que la idea de tener una casa para disfrutar la vida al aire libre deje de ser un sueño”, coincide Mariano Monteverdi, director de la Sucursal Puertos de L.J.Ramos.

La revalorización de los emprendimientos alejados de las zonas pobladas no cede. “Cada vez más gente quiere mudarse a un lugar que genere la sensación de vivir en medio del campo”, agrega Urdapilleta. En el barrio Pilará arman cabalgatas a las que pueden acceder inclusive quienes no viven allí.

La relación con el personal de vigilancia en las guardias también cambió. En el Golf de Nordelta, por ejemplo, un grupo de vecinos se organizó para llevarles ricas viandas y para fin de año se incrementaron los regalos. “Con el delivery y la llegada de envíos, el trabajo se les multiplicó y no se tomó más gente”, expresa una vecina de ese barrio.

Emprendimientos dentro de los barrios

La casa de Juan Alcantara y su mujer Lola Delfino, ubicada en Club Newman, tiene siete fogoneros en el parque. Se trata de la producción por entregar de JP´s Restoration, el emprendimiento que crearon durante la cuarentena. Casi como un juego, Juan se hizo el primero para su casa -había aprendido a soldar junto al artista Carlos Regazzoni- pero cuando mandó la foto de su “obra maestra” a su grupo de amigos, los interesados se multiplicaron. “Estamos felices, este proyecto nos ayudó porque mi mujer trabajaba en turismo receptivo y la actividad estaba parada”, indica el emprendedor que hoy tiene un equipo de gente y cuenta con un galpón de producción montado. “Vendemos por Instagram entre 80 y 100 fogoneros por semana y ampliamos nuestra producción a discos para cocinar, palas, barras con ruedas y los muebles que rodean al fogón”, añade Lola, quien ahora maneja el proyecto junto al marido de su hermana.

En otro rubro, María Pia Mazzioti, apasionada por la fotografía, empezó ayudando a su marido a obtener buenas imágenes de los proyectos y propiedades de su inmobiliaria, luego se sofisticó y sumó paisajes de los barrios cerrados. Más tarde se adueñó del escritorio de la casa, lo convirtió en su sala de arte y ahora produce cuadros con las fotos que realiza. “La pandemia me incentivó a ser más creativa”, reconoce.

Otro caso es el de Candelaria Casado, quien junto Mercedes Bahamondes -la mamá de uno de los compañeros de su hijo-, crearon en junio Ruca Market, una empresa que vende muebles usados en buenas condiciones por Instagram. Su ganancia es una comisión del 20% de cada mueble vendido. “Nos encanta la decoración, veíamos que estaba en auge y había una cantidad de gente que se estaba yendo a vivir afuera o remodelando sus casas y nos animamos”, comenta Candelaria, que hoy maneja el proyecto desde el living de su casa o desde la galería de Mercedes. “Las dos nos encontramos en un momento en el que necesitábamos sentirnos productivas y volver a trabajar para desconectarnos de la casa y los chicos”, reflexiona la emprendedora.

La grieta entre vecinos, la otra cara de la moneda

“Al comienzo se quejaban por todo”, reconoce Jorge, de Pacheco Golf. “Me denunciaron porque mi hijo de tres años, que estaba dejando los pañales, hizo pis en un árbol”, ejemplifica. Florencia, quien vive en la casa contigua a la de Jorge, recuerda cuando en agosto recibió una advertencia de la guardia porque había salido a caminar. “Estaba embarazada de siete meses, necesitaba moverme y aproveché la excusa de ir a buscar un paquete que me había llegado a la guardia”, afirma.

Los vecinos coinciden en que la gente está más irascible y eso también se siente dentro de los barrios cerrados. Es decir, así como todos resaltan la solidaridad, también admiten que los ánimos están crispados. Algunos padres que tras la flexibilización de la cuarentena se tomaron algún fin de semana en pareja, se sorprendieron con multas de más de 40.000 pesos porque sus hijos adolescentes habían organizado fiestas clandestinas. La más famosa fue la que llevó adelante una política en su casa del Golf de Nordelta, el sábado 12 de diciembre: “Hubo demoras de hasta dos horas para ingresar. Los jóvenes se subían a los autos de las visitas que esperaban para poder entrar, otros hacían filas en la guardia. Fue una locura”, relata Paula, aún indignada. Tuvo que esperar desde las 21 hasta las 22.30 para ingresar al barrio para cenar con su mejor amiga, propietaria en el lugar.

Más allá de las postales diarias y anécdotas, encuentros y desencuentros, no hay dudas de que el coronavirus puso el modo de vida en perspectiva. Pasar los días en un entorno alejado fue un fenómeno indiscutible durante 2020. Las normas cambiaron en el mundo y los barrios cerrados crecieron al ritmo de reglas propias.

Por Carla Quiroga

Fuente: DIARIO LA NACION (2–2–2021)

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