El efecto Lipovetzky que es como se denomina y se le otorga a la nueva ley de alquileres

Resulta sorpresiva la sucesión de decisiones que consiguen el efecto opuesto al pretendido

No son pocos los DNUs, protocolos, permisos, fronteras interiores y regulaciones que se llevan por delante la Constitución, las leyes y los tratados internacionales. No se dictan porque los dirigentes son machos, sino porque tienen miedo, más que a nada a su propia incompetencia. Por eso, no deberían ser leídos como bravuconadas; quizás sólo sean baladronadas.

En el maravilloso, novedoso e imprevisible mundo de las redes sociales y la conectividad, ocurren cosas que, aunque efímeras, pueden tener un impacto duradero en la memoria popular. Apotegmas cuya verosimilitud excede en mucho a su veracidad. Uno de éstos es el que hace al título de esta nota. Aunque su permanencia en el mundo de Wikipedia no se extendió más de un día, sentó las bases para una sentencia imborrable: el efecto Lipovetzky. Durante ese único día de vida en la enciclopedia online, fue definido como el fenómeno por el cual la sanción de una ley produce consecuencias inversas a las buscadas. El origen de la frase remitía a la iniciativa por la ley de alquileres, promovida por el diputado provincial argentino Daniel Andrés Lipovetzky.

El hecho de que la acuñación de la frase y su posterior borrado hayan ocurrido sin sucesión de continuidad es evidencia de cuánto cabe sospechar de Wikipedia, una fuente de consulta que parece ser pasible de manipulación por parte de trolls de toda índole.

A pesar de ellos, queda como duradero el significado del fondo del asunto.

Llevamos 278 días de gobierno de Alberto Fernández y 177 (casi dos tercios) de ellos en cuarentena. Un tiempo en que prácticamente no hemos tenido una semana sin que se registrara un caso del referido efecto. Es que el amor por la cuarentena interminable se extendió a otras variantes: el amor por las fases, por los protocolos y por los DNU. Es decir, amor por acumular poder aunque no sea sin contar con demasiada autoridad.

No hace falta hurgar muy profundo para detectar cómo cada extensión, cada nuevo avance, o retroceso de fase, cada protocolo y cada DNU han tenido efectos contrarios a los deseados. Han tenido, en la fugaz jerga de Wikipedia, su momento lipovetzkiano. El DNU sobre Vicentín, la ley de alquileres, la reforma judicial, la remoción de jueces, y la cuarentena, cuyos devastadores costos económicos y sociales no impidieron que la curva de contagios replicara lo que hizo en el resto de los países.

Incluso la negociación de la deuda, un evento a primera vista favorable, nos encontró al final de seis meses de negociación y de seis “últimas propuestas” inamovibles, que finalmente se debieron mover, en un lugar al que podríamos haber llegado mucho antes, ahorrando la misma cantidad de dinero y mucho más en reputación — quizás, si ese hubiera sido el camino, los nuevos bonos no rendirían 12% de tasa sino 10%, y las dudas sobre el futuro hubieran quedado más despejadas. Con bravura lipovetzkiana, logramos resolver el problema específico de la deuda, pero impedimos que esa resolución derramara efectos positivos sobre el resto de la economía.

El mal que no llegó a tratar el efímero paso del efecto Lipovetzky por Wikipedia es el de la adicción que genera la sanción de normas. No hay prudencia que valga a la hora de creer que todo es regulable. Que hay trabajos esenciales y otros que no lo son, que se necesitan permisos para circular, que algunos precios se congelan, que los sueldos estatales siguen como si nada pasara mientras los sueldos privados se ajustan, que se prohíben los despidos pero no se pueden impedir las quiebras que destruyen empleos, que se cambian contratos de manera unilateral, que los casinos son autorizados pero las escuelas siguen cerradas, que la coparticipación es maleable (los gobernadores que celebran deberían tomar nota) y los recursos públicos son propios: todo está sujeto a un DNU y al gusto de los Ejecutivos (nacional, provincial y municipal).

El Gobierno está logrando lo que los gorilas no pudieron: hundir al peronismo. Que eso hace el Gobierno cuando se ufana por los “8.970.000 personas” que reciben el IFE: destruye trabajo y crea planes. Los sindicalistas deberían estar alarmados.

El Diccionario de la Real Academia contiene la hermosa palabra baladrón. Define a un fanfarrón y hablador que, siendo cobarde, presume de valiente. Su significado trae a nuestra imaginación las caras de muchos de nuestros dirigentes, expertos en pretender esquivar problemas mediante DNUs, protocolos, permisos, fronteras interiores y regulaciones que no sólo traen nuevos problemas, sino que agravan aquello que se pretendía esquivar. Es que tanta necesidad de implementar medidas revela la escasez de ideas y no puede más que derivar en momentos lipovetzkianos.

No son pocos los DNUs, protocolos, permisos, fronteras interiores y regulaciones que se llevan por delante la Constitución, las leyes y los tratados internacionales. No se dictan porque los dirigentes son machos, sino porque tienen miedo, más que a nada a su propia incompetencia. Por eso, no deberían ser leídos como bravuconadas; quizás sólo sean baladronadas.

Fuente: DIARIO EL ENTRE RIOS (13–9–2020)

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